
"Y yo digo:
—De todas formas, tengo que irme de aquí. No hay vuelta
de hoja.
—Sí, tal vez -asiente el joven llamado Cuervo. Deposita el
pisapapeles sobre la mesa y cruza las manos por detrás de la ca-
beza—. Pero aquí no acaba el asunto. Parece que no he más
que echarte jarros de agua fría, pero yo no tengo muy claro que
yéndote, por muy lejos que te vayas, puedas escapar. Me da la
impresión de que no hay que confiar demasiado en la distancia.
Pienso una vez más en la distancia. El joven llamado Cuer-
vo lanza un suspiro y se presiona los párpados con las yemas de
los dedos. Me habla con los ojos cerrados, desde el fondo de las
tinieblas.
—Juguemos a lo de siempre —propone.
—De acuerdo —digo. Yo también cierro los ojos y, en silen-
cio, respiro hondo.
—¿Listo? Imagínate una tempestad de arena terrible, terrible
de verdad —dice—. Y olvida cualquier otra cosa.
Tal como me ha dicho, imagino una tempestad de arena terri-
ble, terrible de verdad. Y olvido cualquier otra cosa. Incluso quién
soy. Me quedo en blanco. Las cosas van aflorando enseguida.
Y él y yo las compartimos en el viejo sofá de cuero del estudio
de mi padre, como siempre.
—A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de
arena que cambia de dirección sin cesar —me comenta el joven
llamado Cuervo.
A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de are-
na que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo inten-
tando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección,
siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve
a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez.
Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la
razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no
guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo
que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resig-
narte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las
orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a
paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni si-
quiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como
polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormen-
ta como ésta.
Me imagino una tormenta como ésa. Un blanco remolino
que apunta al cielo, irguiéndose vertical como una gruesa ma-
roma. Mantengo los ojos y las orejas fuertemente tapados con
ambas manos. Para que la fina arena no se me meta en el cuer-
po. La tormenta se acerca deprisa. Desde lejos puedo sentir la
fuerza del viento en la piel. Va a engullirme de un momento
a otro.
El chico llamado Cuervo posa con suavidad una mano sobre
mi hombro. La tormenta de arena se desvanece. Pero yo conti-
núo aún con los ojos cerrados.
—Tú, ahora, tendrás que ser el chico de quince años más
fuerte del mundo. Sólo así lograrás sobrevivir. Y, para ello, de-
berás comprender por ti mismo lo que significa ser fuerte de
verdad. ¿Entiendes?
Me limito a permanecer callado. Me gustaría hundirme poco
a poco en el sueño sintiendo su mano sobre mi hombro. Un
tenue aleteo llega a mis oídos.
—Tú, ahora, pronto te convertirás en el chico de quince años
más fuerte del mundo —me repite al oído en voz baja el joven
llamado Cuervo mientras me dispongo a dormir. Como si tatua-
ra con tinta azul oscuro estas palabras en mi corazón.
Y tú en verdad te atravesarás, claro está. La violenta tormenta de
arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más
metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como
si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí
su sangre y tú, asimismo, derramarás ahí la tuya. Sangre caliente y
roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la
sangre de los demás.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprende-
rás como has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni si quiera estarás se-
guro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí
quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será
la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado
de la tormenta de arena.
El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa,
me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un
rincón de una pequeña biblioteca.
Claro que si contara las cosas por orden, tal como ocurrie-
ron, el relato se extendería una semana más. Sin embargo, si to-
camos sólo los puntos esenciales, eso fue lo que ocurrió: el día
de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a
una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pe-
queña biblioteca.
Quizá parezca un cuento de hadas. Pero no lo es. De ningu-
na de las maneras."
—De todas formas, tengo que irme de aquí. No hay vuelta
de hoja.
—Sí, tal vez -asiente el joven llamado Cuervo. Deposita el
pisapapeles sobre la mesa y cruza las manos por detrás de la ca-
beza—. Pero aquí no acaba el asunto. Parece que no he más
que echarte jarros de agua fría, pero yo no tengo muy claro que
yéndote, por muy lejos que te vayas, puedas escapar. Me da la
impresión de que no hay que confiar demasiado en la distancia.
Pienso una vez más en la distancia. El joven llamado Cuer-
vo lanza un suspiro y se presiona los párpados con las yemas de
los dedos. Me habla con los ojos cerrados, desde el fondo de las
tinieblas.
—Juguemos a lo de siempre —propone.
—De acuerdo —digo. Yo también cierro los ojos y, en silen-
cio, respiro hondo.
—¿Listo? Imagínate una tempestad de arena terrible, terrible
de verdad —dice—. Y olvida cualquier otra cosa.
Tal como me ha dicho, imagino una tempestad de arena terri-
ble, terrible de verdad. Y olvido cualquier otra cosa. Incluso quién
soy. Me quedo en blanco. Las cosas van aflorando enseguida.
Y él y yo las compartimos en el viejo sofá de cuero del estudio
de mi padre, como siempre.
—A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de
arena que cambia de dirección sin cesar —me comenta el joven
llamado Cuervo.
A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de are-
na que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo inten-
tando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección,
siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve
a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez.
Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la
razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no
guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo
que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resig-
narte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las
orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a
paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni si-
quiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como
polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormen-
ta como ésta.
Me imagino una tormenta como ésa. Un blanco remolino
que apunta al cielo, irguiéndose vertical como una gruesa ma-
roma. Mantengo los ojos y las orejas fuertemente tapados con
ambas manos. Para que la fina arena no se me meta en el cuer-
po. La tormenta se acerca deprisa. Desde lejos puedo sentir la
fuerza del viento en la piel. Va a engullirme de un momento
a otro.
El chico llamado Cuervo posa con suavidad una mano sobre
mi hombro. La tormenta de arena se desvanece. Pero yo conti-
núo aún con los ojos cerrados.
—Tú, ahora, tendrás que ser el chico de quince años más
fuerte del mundo. Sólo así lograrás sobrevivir. Y, para ello, de-
berás comprender por ti mismo lo que significa ser fuerte de
verdad. ¿Entiendes?
Me limito a permanecer callado. Me gustaría hundirme poco
a poco en el sueño sintiendo su mano sobre mi hombro. Un
tenue aleteo llega a mis oídos.
—Tú, ahora, pronto te convertirás en el chico de quince años
más fuerte del mundo —me repite al oído en voz baja el joven
llamado Cuervo mientras me dispongo a dormir. Como si tatua-
ra con tinta azul oscuro estas palabras en mi corazón.
Y tú en verdad te atravesarás, claro está. La violenta tormenta de
arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más
metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como
si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí
su sangre y tú, asimismo, derramarás ahí la tuya. Sangre caliente y
roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la
sangre de los demás.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprende-
rás como has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni si quiera estarás se-
guro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí
quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será
la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado
de la tormenta de arena.
El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa,
me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un
rincón de una pequeña biblioteca.
Claro que si contara las cosas por orden, tal como ocurrie-
ron, el relato se extendería una semana más. Sin embargo, si to-
camos sólo los puntos esenciales, eso fue lo que ocurrió: el día
de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a
una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pe-
queña biblioteca.
Quizá parezca un cuento de hadas. Pero no lo es. De ningu-
na de las maneras."

































































